Publicado el Miércoles, 06 Marzo 2019 10:52

LA EDUCACIÓN, EL TRAMPOLÍN DE LOS SUEÑOS DE MUNA

 

Por Beatriz Lecumberri.

 

Muna Hammad sabe que su vida y su futuro serían muy diferentes si no hubiera existido una escuela primaria de chicas de UNRWA a poca distancia del domicilio de su familia, en el campo de refugiados de Amari, a las afueras de Ramallah.

 

Debido a los escasos recursos de la familia, probablemente esta adolescente de 14 años, la tercera de cuatro hermanos, no hubiera podido pagar el transporte para acudir cada día a una escuela pública palestina situada al exterior de Amari. S u enorme talento, sus ganas de aprender y sus aspiraciones se habrían quedado silenciosamente ahogadas entre las cuatro paredes de su casa.

 

“Desde siempre me ha gustado venir a la escuela y estudiar. Estoy convencida de que la única manera de cambiar las cosas y lograr lo que me propongo es la educación. Quiero ser una persona útil para mi comunidad y para ello necesito formación”, explica esta joven durante un descanso en sus clases.

 

Muna sueña con ser ingeniera eléctrica, una carrera que espera estudiar en la universidad de Birzeit, en Ramallah. Su padre es electricista y desde que era muy pequeña le ha gustado verle trabajar con la cabeza hundida entre cables o en aparatos por arreglar.

 

“Antes, solamente los chicos podían ser ingenieros eléctricos, pero eso cambió. Ahora, la mayoría de las chicas palestinas no tienen oficios vetados”, explica, sonriente.

 

Muna habla con un aplomo y seriedad propios de alguien con más vida a las espaldas. Vestida con su bata de uniforme a rayas blancas y verdes y con un velo blanco cubriéndole el cabello, su rostro transmite una serenidad y una fuerza que no dejan indiferente.

 

“Es una alumna brillante. Desde siempre ha mostrado un gran carisma, tiene madera de líder y un espíritu enormemente generoso con los demás”, resume la directora de la escuela, Arwa Salem.

 

Pero Muna cambió radicalmente hace algo más de tres años, cuando comenzó a mostrarse huraña, triste y aislada en la escuela. Sus notas empezaron a bajar y los profesores supieron que “algo estaba ocurriendo”.

 

Ese algo se llamaba cáncer y la enferma era su madre. La vida de Muna se vio arrastrada por la enfermedad, por la angustia y por la necesidad de ayudar a su padre en las tareas prácticas de la casa, de apoyar anímicamente a su madre y ocuparse de parte de sus hermanos.

 

“El cáncer de pecho de mi madre pasó a ser el centro de nuestras vidas. Teníamos que lograr que mi madre se sintiera mejor y que no tuviera que trabajar en casa. Aprendí a hacer la comida, a limpiar y a apoyar a mi padre, que estaba hundido. Nos unió más como familia, pero fue muy duro”, recuerda, emocionada.

 

Los profesores de la escuela de UNRWA hablaron con los padres de Muna sobre el comportamiento de la niña en la escuela y la madre le hizo jurar que no abandonaría los estudios por nada en el mundo. “La madre le hizo entender que si la quería tanto tenía que seguir estudiando”, recuerda la directora del centro.

 

La manera que encontraron los profesores de la escuela para animar a Muna y no perderla como alumna fue proponerle que se presentara a las elecciones escolares. Fue elegida sin problema en el consejo representante de los alumnos, una especie de asamblea de estudiantes que es el interlocutor ante los profesores y el motor de muchas iniciativas y actividades que se organizan dentro y fuera del centro.

 

“Era una responsabilidad que le iba como anillo al dedo y empezó a ser poco a poco la niña alegre, estudiosa y activa de antes”, explica Arwa Salem.

 

Su madre se va recuperando y la estabilidad ha regresado poco a poco a la familia. El rendimiento de Muna en la escuela es satisfactorio y la chica es ya una pieza importante en su comunidad: participa activamente en una organización de lucha contra el cáncer, organiza maratones y campañas de lucha contra la enfermedad, visita y organiza actividades con niños con cáncer.

 

Su mirada sobre el mundo y las cosas es intensa y profunda y piensa cuidadosamente antes de hablar. “En las últimas semanas, mi mayor miedo ha sido que mi escuela cerrara y no lográramos terminar el año escolar. Me preocupaba también mucho que UNRWA tuviera que cerrar sus clínicas de atención primaria, porque mi familia las necesita. Ahora parece que la situación es menos dramática y que la escuela sigue adelante por el momento”, dice.

 

Muna se refiere a la crisis vivida por UNRWA a principios del año escolar, en septiembre, cuando Estados Unidos anunció que dejaba de financiar a esta agencia de la ONU y las escuelas sólo tenían fondos para seguir abiertas un mes, lo cual puso en la cuerda floja la educación del más de medio millón de estudiantes que acuden cada día a sus escuelas, repartidas por Gaza, Cisjordania, Jerusalén-Este, Líbano, Jordania y Siria. Una campaña internacional urgente ha conseguido recaudar fondos que palían por ahora el grave déficit financiero que sufría la entidad.

 

La familia Hammad es refugiada de Salama, un pueblo palestino situado cerca de Tel Aviv. La vida de Muna ha transcurrido siempre entre las calles empinadas, sucias y estrechas de Amari, donde viven más de 6.000 personas. El campo, establecido en 1949, se sitúa entre Ramallah y el muro de separación construido por Israel en torno a Cisjordania. Su situación lo convierte en escenario de incursiones militares y de enfrentamientos. Ese muro también separa a Muna de Jerusalén, donde ha estado contadas veces y hace ya años, pese tener la ciudad tan cerca. A partir de los 10 años, los niños palestinos también deben pedir un permiso a Israel para cruzar el retén militar que está a poca distancia de su casa e ir a Jerusalén.

 

“Cuando termine mis estudios quiero viajar y conocer mundo. Espero poder hacerlo. Casarme y tener hijos vendrá después de todo eso”, afirma, con aire convencido.

 

Para estar más cerca de sus aspiraciones Muna estudia afanosamente, lee y aprende incluso palabras en otras lenguas cuando llega a casa después de la escuela. La joven afirma que el mayor obstáculo para convertirse en la mujer que quiere ser no será su familia ni la sociedad palestina sino los límites impuestos por la ocupación israelí.

 

“Para mí, la ocupación es salir de casa y no saber cómo está la carretera, si los soldados israelíes cerraron algún acceso o si hay enfrentamientos. La ocupación es sentir ese miedo siempre y saber que no puedes visitar a la familia que está en Jerusalén o cerca de Tel Aviv”, resume.

 

Aunque Muna n unca ha conocido una vida sin restricciones de movimiento no consigue acostumbrarse a esa sensación de encierro. “También me gustaría ver el mar algún día”, confía, a modo de despedida.

 

La playa de Tel Aviv está a 60 kilómetros de su casa, pero Muna sólo la ha visto por televisión.

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